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Sobre la Memoria y la Historia

El gran historiador Eric Hobsbawm consideraba al Siglo XX como el más violento de la historia de la Humanidad, y en nuestro país, la violencia política, junto a la ajuricidad – entendida como el desprecio al sano ejercicio del respeto a las normas – fue un componente distintivo que caracterizó la vida pública hasta la instauración democrática de 1983.

El golpe de estado de septiembre de 1930 marcó el inicio de una serie de interrupciones institucionales convalidadas por la insólita acordada de la Corte Suprema de Justicia de la Nación que reconoció la legalidad a ese y a los futuros gobiernos de facto. Además, constituyó, la justificación a la teoría de que “el fin justifica los medios” , la cínica noción que ignora que ningún objetivo loable puede ser la excusa para recurrir a medios innobles.

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La noche más larga, oscura y dolorosa

Un 24 de marzo, hace 50 años, se iniciaba la última dictadura militar. Muchos argentinos creyeron que era una insurrección militar más de la larga serie iniciada en septiembre de 1930, que inauguró el círculo vicioso de la inestabilidad institucional y la violencia política en nuestro país, un ciclo que sería finalmente interrumpido con la instauración democrática liderada por Raúl Alfonsín en 1983.

Nadie hubiera aventurado que ese golpe de Estado fuera el que clausuraría la serie, entre otras cosas porque ese gobierno de facto abrió la puerta a la más grave y completa exhibición de la patología política de la Argentina del siglo pasado: la ajuridicidad, combinada con niveles aterradores de violencia nunca antes desplegados desde el Estado.

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Política U.C.R.

Los votos no le dan toda la razón a los que gobiernan

Reflexiones a partir del reconocimiento realizado en el Comité Nacional de la Unión Cívica Radical a la representación parlamentaria de 1983, en el Día del Militante Radical.

Hace unos días, en el Comité Nacional de la Unión Cívica Radical, las autoridades partidarias decidieron dar un reconocimiento a quienes integramos el bloque de diputados radicales de 1983, aquella generación que protagonizó el regreso de la democracia. Quiero agradecer esa distinción y, sobre todo, la escucha atenta de quienes participaron del acto en el marco del Día del Militante Radical.

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Una necesidad imperiosa

Introducción

Las referencias que nos ofrece el mundo en esta segunda década del siglo XXI, señalan un nítido contraste con la ilusión de un futuro de paz y progreso global que se presumía cierto, al final de la guerra fría, al abrigo de la ola democratizadora y el auge de la globalización económica.

En efecto, las consecuencias negativas de los déficits de la gobernanza global y los retrocesos en la calidad de las instituciones, se potenciaron con la Pandemia  , reforzando un estado de “recesión democrática” a escala global.

En ese marco, los países de América Latina siguen lidiando, además, con los asuntos problemáticos que distinguieron su historia en el siglo pasado: el autoritarismo, la desigualdad y la violencia.

En relación a sus instituciones, desde la notoria vigorización de la corriente democratizadora iniciada con el Presidente Alfonsín en 1983, no sólo se registra la ominosa existencia de “autocracias electivas” en varios países de la región, sino que, además desde 1985, fueron 20 los presidentes que no concluyeron sus mandatos y, de ellos, solo unos pocos cesaron su gestión a través de juicios políticos sustanciados en los congresos.

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La recesión democrática

De acuerdo al reporte anual del semanario The Economist el indicador democrático es el peor desde que se inició la medición en 2006 y solo 43 de las más de 70 elecciones del año serán totalmente libres y verificables.

Al finalizar el año, alrededor de 4.200 millones de personas, más del 50% de la población mundial, habrá elegido en las urnas nuevos gobernantes. Es un acontecimiento sin antecedentes que involucra a varias decenas de países, entre los cuales se destacan las elecciones presidenciales en la más antigua democracia representativa, Estados Unidos de Norteamérica; la nación más poblada, la India, y el país hispanoparlante con mayor población, México.

A pesar de este dato auspicioso, sobre todo si se tiene en cuenta que hacia el final de la Segunda Guerra Mundial apenas algo más de una docena de países tenían gobernantes elegidos por sus ciudadanos, el auge electoral debe ser considerado en el marco de claras evidencias de un contexto, global y generalizado, de asedio a las democracias.

Ese estado de democracias acosadas tiene en la insatisfacción de vastos sectores frente a la situación socioeconómica, acelerada con la crisis financiera de la primera década del siglo y reforzada por la pandemia, una causa fundamental. Además, las debilidades de la gobernanza global y las limitaciones de los Estados Nación en la presente etapa de la globalización no favorecen un camino de atención efectiva de las demandas sociales.

Los distintos y recientes de distintos relevamientos que intentan captar el estado de la opinión pública, tanto globales como los específicos de América Latina, son todos coincidentes en el reconocimiento del deterioro en la percepción social sobre la legitimidad y mérito de la democracia.