Estuve en Seúl Radio y estos son algunos de los temas que conversé con Hernán Iglesias Illia: el libro que escribimos con Alejandro Garvie, La huella democrática: política y economía entre 1983 y 1989 ; la salud institucional en la Argentina de hoy y el futuro del radicalismo.
Una democracia que llegó por ruptura
En Uruguay, Brasil, Paraguay y Chile hubo algún tipo de acuerdo con los regímenes que se iban. En la Argentina no: la derrota de Malvinas precipitó una ruptura. Eso tuvo una dimensión luminosa, porque acá se juzgó la violencia política como en ningún otro lugar. La primera ley de aquel Congreso anuló la amnistía para todos (integrantes de organizaciones armadas, miembros de las fuerzas armadas y de seguridad) de la dictadura y abrió el camino a la justicia. Y a pesar del dolor y la violencia sufrida no hubo casos de justicia por mano propia.
Pero tuvo un costo: no había con quién acordar. Además, el punto de partida era durísimo. Estábamos en default. Los intereses de la deuda representaban el 67% de las exportaciones, cuando el Tratado de Versalles que puso fin a la Primera Guerra Mundial le había fijado a la Alemania derrotada un tope del 25% de las exportaciones a las reparaciones de guerra. El déficit fiscal en el último trimestre de 1983 era de 15 puntos del producto y la inflación anual alcanzaba los tres dígitos . Como decía Alfonsín, había que operar mientras se fabricaban los instrumentos.
Un libro sin nombres
En La huella democrática, el libro que escribimos con Alejandro Garvie, no aparece ningún nombre, ni siquiera el de Alfonsín. Lo hicimos a propósito: queríamos que el lector entendiera los procesos sin dejarse llevar por las emociones que pudiera despertarle cada nombre. Con esa mirada, la pregunta cambia. Ya no es por qué asumió seis meses antes el nuevo presidente sino qué titánico fue un gobierno capaz de durar cinco años y medio en esas condiciones.
La oposición de entonces jugó con fuego. A Luder, el candidato derrotado, se le ofreció la presidencia de la Corte Suprema y no aceptó. La ley de normalización sindical se perdió por un voto. El tratado de paz con Chile, aprobado por casi el 80% en una consulta popular, se ganó en el Senado solo por un voto de diferencia. El justicialismo no quiso integrar la CONADEP. Y hubo 13 paros generales, además de tres intentos de golpe de estado y un ataque guerrillero a un cuartel militar.
Hubo, sin embargo, una etapa distinta: la fructífera etapa de apenas seis meses de acuerdos bipartidarios entre 1987 y 1988. De ella salió la ley de coparticipación, que sigue siendo la única norma tratada y aprobada en el Congreso que regula la relación financiera entre la Nación y las provincias y la Ley de Defensa que terminó con la Doctrina de Seguridad Nacional que justificaba los golpes de Estado. Ese es el saldo positivo de los acuerdos. Si hoy cuestan tanto, no es por falta de incentivos para la oposición, sino por la debilidad de un sistema político caracterizado por partidos invertebrados
Sin certidumbre no hay capitalismo que funcione
Adhiero a un mundo basado en reglas, a una democracia libre y con resultados verificables y a un modo de producción capitalista. El capitalismo necesita el riesgo, pero no tolera la incertidumbre. Julio Olivera lo dijo con precisión: “La incertidumbre tiene consecuencias más perjudiciales y duraderas que los propios errores de política económica”. Por eso a Chile y a Uruguay les va mejor: Uruguay redujo la pobreza 22 puntos porcentuales y Chile, 37. Han tenido sistemas políticos con cultura de acuerdo entre los actores y Estados que funcionan.
Conviene también desarmar un mito: que Alfonsín cedía a todos los reclamos y no fue serio con las cuentas. Entre 1984 y 1988, los cinco ejercicios completos de gobierno, hubo superávit en el comercio exterior todos los años. El déficit primario acumulado de esos cinco años fue de menos de dos puntos del producto y el gasto público de 1988 fue el más bajo de la década.
Más que riesgo K, riesgo M
Coincido en avanzar con una economía más amigable con el mercado y sin “ayuditas para los amigos” y, por otro lado, valoro que se haya bajado la inflación. Pero me cuesta encontrar una reforma estructural de este gobierno, ya sea en seguridad social, obra pública, educación o salud. Y veo el horizonte nublado en el plano institucional. Según V-Dem, la Argentina está entre los diez países con mayor deterioro democrático de los últimos años. Cayó 38 posiciones en el índice de percepción de corrupción de Transparency International y 69 lugares en el ranking de Reporteros sin Fronteras sobre libertad de prensa.
Un presidente que llama al Estado “asociación criminal” y que animaliza a la oposición no puede generar certidumbre de largo plazo. Adam Przeworski define la democracia como el sistema en el que los gobiernos pierden elecciones. Cuando alguien plantea la política como “nosotros o nada”, el riesgo para el país no viene de la oposición, sino del propio gobierno.
Coaliciones sí, pero con programa
Cambiemos fue bueno para el radicalismo y, sobre todo, para la Argentina, porque hizo posible la alternancia. El día antes de que asumiera Macri, el radicalismo gobernaba una sola provincia; hoy gobierna cinco. En el radicalismo conviven una pluralidad de miradas, y eso está bien siempre que haya una estructura partidaria capaz de procesarla, como la de la convención de Gualeguaychú en 2015. Un problema principal son los dirigentes que creen que su biografía personal es más importante que la historia, y el futuro, del radicalismo .
Vivimos en una era de coaliciones: Alfonsín fue el último presidente elegido por un solo partido. Pero una coalición necesita un compromiso programático sobre el futuro. No puedo compartirlo con quien impugna la división de poderes, propone indultos, quiere jueces elegidos por voto popular o desprecia la seguridad jurídica. Tampoco me parece digno sumarse al gobierno por cálculos de conveniencia.
El camino de futuro que imagino es una coalición de república, prudencia y firmeza, por fuera de esta polarización tóxica que cancela al otro.
1983, un salto civilizatorio
Para mí, 1983 es más importante que 1976 como bisagra de nuestra historia. Desde ese año, además de terminar con los golpes de estado, la violencia dejó de ser un método aceptado en la política. Fusilamientos, bombardeos aéreos sobre población civil desarmada, secuestros y golpes de Estado formaron parte de nuestra historia hasta entonces. Después de 1983, su reivindicación es patrimonio de grupos ultraminoritarios. Pero eso no nos exime de exigirnos más: necesitamos calidad institucional para lograr progreso social y realización individual para todos los argentinos.
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