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Horacio Jaunarena me invitó a participar la semana pasada, junto a Guillermo O’Donnell y Santiago Kovadloff , en la presentación de su libro La Casa está en orden
El texto, del cual se publicaron anticipos en la prensa gráfica, es una memoria de la transición democrática que se inició en nuestro país luego de la derrota de Malvinas pero es, también, un ensayo del caso argentino y, además, una crónica que no omite detalles de situaciones que, si no fuera por lo dramático de las circunstancias, entrarían en la categoría de desopilantes.
En rigor, nuestra transición – la primera del Como Sur que abrió el camino a nuestros vecinos- se hizo, como dice el autor “ con el cuerpo social de la Argentina en carne viva” .
Cuando le tocó al autor referirse al texto, completó la frase que se inicia con el titulo del libro y que siempre se omite, aquella que dice… “y no hay sangre en la Argentina”.
Ahí recordé la frase de Salvador Allende al General Prats, asesinado con complicidad local por los sicarios de la Operación Cóndor en Buenos Aires , cuando le dijo que evitaría una guerra civil, “tragedia que ni la más cara consideración partidista lo induciría a promover”
Raúl Alfonsín, contra lo que muchos creen, sólo había visto a Ernesto Sábato un par de veces antes de pedirle que integrara la CONADEP, pero sabía de su compromiso con la causa del género humano que lo llevó, a mediados de la década del treinta, a desistir de una estadía en la URSS como alumno de la escuela de cuadros leninistas reservada a selectos miembros del movimiento comunista internacional, en rechazo a los Procesos de Moscú y los crímenes Stalinistas.
El mismo compromiso que, a pocos semanas del golpe de 1955, lo llevó a decir en un reportaje en Radio Nacional pensado para hablar de literatura: “ No puedo hablar de ningún tema literario mientras a poca distancia de aquí, en la cárcel de Las Heras, se está torturando a militantes peronistas”.
Por eso, el Presidente Alfonsín – según cuenta Julia Constenla en su libro Sábato el hombre.Una biografía del año 1997,prologado por Monseñor Justo Laguna- dijo que: “ El 20 de Setiembre de 1984, cuando los miembros de la CONADEP me entregaron el informe en una sencilla ceremonia que duró tan sólo veinte minutos, fue uno de los días más importantes de mi vida. No tengo ni tendré nunca palabras para agradecer a las mujeres y hombres de diferentes ideas, culturas, religiones, que aceptaron el desafío de hundirse en el espanto”.
Ese agradecimiento corresponde que sea, por cierto, de todos lo hombres y mujeres de buena voluntad que habitan el suelo argentino.
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La íntolerancia se cobró una víctima fatal. Otra vez en nuestra vida democrática. Todo el arco político reaccionó, como es de esperar, repudiando el hecho y reclamando la identificación de autores materiales y responsables políticos. También, por cierto, la UCR con una Declaración institucional y, a través de entrevistas periodísticas concedidas, por el Presidente del Partido, Ernesto Sanz.
La tarea judicial, en tanto, parece avanzar a paso seguro y la fiscal a cargo decidió separar a la Policía de las responsabilidades de investigación.
Ahora bien, en el plano político, ¿ tiene sentido preguntarse cuánta influencia tiene, en los episodios que padecimos, la ausencia de democracia interna en el Justicialismo y en el Movimiento Obrero?
Efectivamente, es legítimo hacerlo porque la falta de representación de las minorías las obliga a recurrir a la movilización como único recurso para hacer oir su voz y, muchas veces, los que monopolizan la representación sindical reaccionan con violencia. En el Justicialismo, Partido que la única vez que los afiliados participaron en la elección de su candidato a Presidente fue hace veinte años como resultado del impulso democratizador de Alfonsín, cuando algún dirigente expresa una disidencia, la probabilidad de que ocurran en su distrito problemas impensados aumenta de manera significativa.
Por ello – además de abandonar su lenguaje blindado, agresivo y provocador- el Gobierno debe cumplir los acuerdos internacionales y los preceptos constitucionales para garantizar, efectivamente, la democracia sindical.
Los argentinos no se merecen seguir viviendo como rehenes de la violencia. Tampoco, como señaló Sanz, de las amenazas de Hugo Moyano, Secretario General de la CGT y, al mismo tiempo, titular del Partido Justicialista de la Provincia de Buenos Aires.