Cuando ganó el odio

El 20 de agosto de 1976 en la localidad bonaerense de Pilar, 30 personas fueron dinamitadas para enviar una señal, “un sangriento mensaje a los demás militantes para que cesaran sus actividades cinco meses después del golpe militar”. El general Jorge Rafael Videla, “los quería muertos”, pero le “molestaba” que “los cuerpos quedaran tan notablemente desperdigados”. Esta información está consignada en uno de los archivos desclasificados de la CIA elaborado durante la última dictadura militar, y se conoce como “Masacre de Fátima”.

Leer esos informes es asomarse al horror de nuestro pasado reciente, una advertencia para recordar que la democracia es un bien preciado, vulnerable, pero fundamental e indispensable para zanjar nuestras diferencias por medio de la argumentación, la deliberación racional y el ejercicio legal y legítimo del poder que da el voto popular, para que nunca más tengamos que asomarnos al abismo.

En una América Latina sumergida en la guerra fría, las organizaciones políticas que habían hecho la opción por las armas, y tenían a Cuba como faro, aceleraron con la lógica de “cuanto peor, mejor” desencadenando el período más negro de nuestra historia moderna.

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La buena política debe prevalecer

Aún sin conocer el número final de enfermos y víctimas fatales -en el mundo hay, al momento de escribir estas líneas, cerca de 16 millones de casos y más de 600.000 muertos- las consecuencias de la pandemia, en términos económicos y sociales, son dramáticas e históricas tanto a escala global, como en la región de América latina y, también, en nuestro país.

Según la OIT, las horas de trabajo perdidas en el mundo en el segundo trimestre de este año son equivalentes a alrededor de 300 millones de empleos de tiempo completo. Por su parte, Oxfam, la organización localizada en Londres, basándose en estudios de la UN University calcula que se sumarán 500 millones de personas, el equivalente al 8% de la población mundial, al contingente de pobres del mundo.

Para nuestra región de América Latina, en tanto, la CEPAL estima que cerca de tres millones de empresas cerrarán sus puertas, y que la riqueza por habitante caerá este año a valores equivalentes al año 2010, consolidando así una nueva década perdida en términos económicos.

Frente a este panorama dramático, donde crecen los miedos individuales y las angustias sociales -que son nutrientes para la emergencia o avances de liderazgos autoritarios-, la primera responsabilidad de los gobernantes de todas las latitudes es proveer certidumbre.

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La razón y la pasión

Reproduzco aquí el texto de la presentación que realicé la semana pasada en un seminario interno del radicalismo.

Me propongo en esta presentación dos objetivos, nacidos de la profunda convicción en la validez del camino de la democracia republicana para la Argentina y en la necesidad de fortalecer las instituciones, incluidos los partidos políticos. En primer lugar, un balance del gobierno y de la acción política de Cambiemos, inmerso en el contexto histórico de su nacimiento: la necesidad de generar una alternativa al populismo rancio que luego de 12 años de gobierno dejó a nuestro país estancado, maniatado y con la pobreza estructural sin resolver. En segundo lugar, procuro responder a la pregunta “¿Y ahora qué?” para Juntos por el Cambio -y en particular para el radicalismo como integrante de la coalición-, teniendo en cuenta las cartas del mazo que ha mostrado en las primeras semanas el gobierno de Alberto Fernández.

La octava elección presidencial después de la inauguración democrática de 1983 repuso en el gobierno al peronismo y tuvo como novedad auspiciosa que otro presidente electo, perteneciente a una fuerza política diferente a la surgida con el golpe de estado de 1943, terminara su mandato de acuerdo a las normas establecidas, episodio que no ocurría desde que Marcelo T. de Alvear fuera sucedido por Hipólito Yrigoyen, hace casi un siglo, en el año 1928. Continuar leyendo “La razón y la pasión”

El acuerdo más logrado

Alfonsín la llamó “la Constitución de todos”. A 25 años de su aprobación no hay duda de que el ex Presidente tenía razón. La Constitución Nacional de 1994 que hoy nos rige  fue el acuerdo mas cabal que hemos logrado los argentinos.

En ocasión de los 25 años de la Constitución Nacional de 1994, estuve en la Facultad de Derecho de la UBA, junto a Graciela Fernández Meijide y Alberto García Lema, colegas convencionales constituyentes, para conversar sobre reforma y democracia.

Me interesaba repasar el contexto político que condujo a la aprobación de la reforma constitucional.

La Constitución del ’53 había creado un presidencialismo intenso que tenía como contrapartida un poder legislativo débil; se había instalado a través de esa Carta Orgánica una asimetría en los pesos y contrapesos recomendados por la teoría política. Era, además, una Constitución con un menguado poder de control.

El primer antecedente de la reforma del ’94 es la solicitud que hizo Alfonsín, en marzo del ’86, al Consejo de la Consolidación de la Democracia. Le había requerido que -sin tocar la parte doctrinaria- razonara en la búsqueda del perfeccionamiento de la parte orgánica de la Constitución, sin cambios de extensión y condición del mandato (ver “Presidencialismo vs. parlamentarismo: materiales para el estudio de la reforma constitucional”, Eudeba, 1988).

Ocho años antes de la reforma del ’94, Alfonsín había iniciado el estudio de antecedentes para lograr una Constitución que atenuara el presidencialismo intenso de la que regía entonces.

Por otro lado, el Partido Justicialista había conformado una Comisión de Reforma Constitucional ad hoc, que había tenido varias reuniones en el año ’87, en mayo en La Falda, en junio en Bariloche y en noviembre en Parque Norte de la Ciudad de Buenos Aires.

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La larga marcha hacia la libertad y la igualdad

El día antes de la marcha en el obelisco, estuve conversando con Laura Di Marco en La Trama del Poder . Lo que el sábado finalmente terminó siendo una multitudinaria manifestación pacífica de cientos del miles de personas tiene un espejo en el ’83.  Como recordó Laura al inicio del programa, “La marcha del millón” fue nombrada de esa manera “rememorando aquella marcha donde Alfonsín metió un millón de personas en el obelisco, recitó el preámbulo de la Constitución -una especie de rezo laico-, en donde la opción era autoritarismo o democracia”.

Estuve en ambas marchas -la del ’83 y la del #19O y, efectivamente, hay varias coincidencias, empezando porque los valores que defendíamos entonces son los mismos que defendemos hoy en día, y porque también ahora se presenta una dicotomía, no tan drástica, pero sí decisiva: la regresión al populismo o la continuidad del camino del republicanismo. Continuar leyendo “La larga marcha hacia la libertad y la igualdad”