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Agenda para una alternativa de cambio político positivo

Ante al fracaso del kirchnerismo, Milei se inspira en principios igualmente extremos, pero de signo contrario; es preciso volver a la sensatez como virtud política para trazar un largo plazo virtuoso.

En una sociedad con una justificada desconfianza en la actividad política, la construcción de una alternativa democrática y republicana es un emprendimiento colectivo tan complejo como necesario, dado que la polarización de las opciones extremas lleva en nuestros días a una brutal simplificación que no da cuenta de la rica diversidad del país ni de sus amplias posibilidades de desarrollo nacional.

Entre ambos polos se encuentra un archipiélago de fuerzas que ofreció poca competitividad a un electorado cuyas preferencias no son tan diversas.

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Artículos periodísticos Opinión Política

Entre el miedo y la esperanza

Existe una vacancia de representación política de vastos sectores sociales que se resisten a quedar prisioneros de una polarización tóxica.

El pobre desempeño electoral del oficialismo, antes de la elección de renovación legislativa de medio término, había abierto serios interrogantes sobre las particularidades de la segunda mitad del gobierno de La Libertad Avanza.

En efecto, los representantes del oficialismo perdieron en nueve de las diez elecciones ocurridas en jurisdicciones provinciales (más CABA), alcanzando un porcentaje apenas superior al 25% de los sufragios emitidos. Además, el bloque legislativo del gobierno perdió, en el periodo que va de junio a septiembre, más del 80% de las votaciones realizadas en el Congreso.

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Un presidente que logró ponerles un freno a los golpes militares recurrentes

Artículo publicado en el suplemento “1945-2025: Protagonistas x Protagonistas” por los 80 años del Diario Clarín.

El año 1983 significó el inicio de un auténtico cambio de época en la Argentina, que además contribuyó de manera decisiva a la democratización del cono sur de América Latina, a pesar de las tensiones propias de la Guerra Fría y la polarización entre las superpotencias que dominaban la escena global.

El régimen del Proceso de Reorganización Nacional (PRN) dejó nuestro país sumido en una poli crisis signada por un inédito descrédito internacional como resultado de una guerra perdida contra una potencia de la OTAN, el desconocimiento de un laudo arbitral en un litigio que casi nos condujo a un conflicto armado con Chile, la participación de oficiales del Ejército Argentino en el entrenamiento de fuerzas irregulares en Centroamérica y el involucramiento en un golpe de Estado en un país limítrofe; por las consecuencias del terrorismo de Estado y la represión ilegal a la violencia de grupos armados y por los resultados de una política económica que dejó una deuda externa estatizada que amplificó una pronunciada crisis fiscal y una inflación anual de tres dígitos que reforzó el es­tancamiento productivo iniciado en el gobierno peronista precedente.

El presidente Raúl Alfonsín se propuso un objetivo cardinal: terminar con la dinámica de golpes militares recurrentes que habían caracterizado la vida institucional del país desde el primer alzamiento en 1930, y tenía la convicción que el cumplimiento de ese propósito requería que la democracia también se arraigara en la región.

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Una necesidad imperiosa

Introducción

Las referencias que nos ofrece el mundo en esta segunda década del siglo XXI, señalan un nítido contraste con la ilusión de un futuro de paz y progreso global que se presumía cierto, al final de la guerra fría, al abrigo de la ola democratizadora y el auge de la globalización económica.

En efecto, las consecuencias negativas de los déficits de la gobernanza global y los retrocesos en la calidad de las instituciones, se potenciaron con la Pandemia  , reforzando un estado de “recesión democrática” a escala global.

En ese marco, los países de América Latina siguen lidiando, además, con los asuntos problemáticos que distinguieron su historia en el siglo pasado: el autoritarismo, la desigualdad y la violencia.

En relación a sus instituciones, desde la notoria vigorización de la corriente democratizadora iniciada con el Presidente Alfonsín en 1983, no sólo se registra la ominosa existencia de “autocracias electivas” en varios países de la región, sino que, además desde 1985, fueron 20 los presidentes que no concluyeron sus mandatos y, de ellos, solo unos pocos cesaron su gestión a través de juicios políticos sustanciados en los congresos.

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La recesión democrática

De acuerdo al reporte anual del semanario The Economist el indicador democrático es el peor desde que se inició la medición en 2006 y solo 43 de las más de 70 elecciones del año serán totalmente libres y verificables.

Al finalizar el año, alrededor de 4.200 millones de personas, más del 50% de la población mundial, habrá elegido en las urnas nuevos gobernantes. Es un acontecimiento sin antecedentes que involucra a varias decenas de países, entre los cuales se destacan las elecciones presidenciales en la más antigua democracia representativa, Estados Unidos de Norteamérica; la nación más poblada, la India, y el país hispanoparlante con mayor población, México.

A pesar de este dato auspicioso, sobre todo si se tiene en cuenta que hacia el final de la Segunda Guerra Mundial apenas algo más de una docena de países tenían gobernantes elegidos por sus ciudadanos, el auge electoral debe ser considerado en el marco de claras evidencias de un contexto, global y generalizado, de asedio a las democracias.

Ese estado de democracias acosadas tiene en la insatisfacción de vastos sectores frente a la situación socioeconómica, acelerada con la crisis financiera de la primera década del siglo y reforzada por la pandemia, una causa fundamental. Además, las debilidades de la gobernanza global y las limitaciones de los Estados Nación en la presente etapa de la globalización no favorecen un camino de atención efectiva de las demandas sociales.

Los distintos y recientes de distintos relevamientos que intentan captar el estado de la opinión pública, tanto globales como los específicos de América Latina, son todos coincidentes en el reconocimiento del deterioro en la percepción social sobre la legitimidad y mérito de la democracia.