Datos matan espejitos

La semana pasada estuve en un seminario organizado por la Iniciativa de Desarrollo de la INTOSAI y el Departamento de Economía y Asuntos Sociales de la ONU con el fin de capacitarnos para auditar e impulsar la implementación de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS).

Cuando se toma contacto con los ODS por primera vez, se tiene la impresión de algo inabarcable. Los 17 objetivos que los 193 países firmantes pretenden lograr de aquí a 2030 son tan ambiciosos que pueden parecer espejitos de colores.

En 2015 se llegó a un consenso en la comunidad internacional acerca de la necesidad de acabar con el hambre, la pobreza y la exclusión, de garantizar el agua, el acceso a una educación inclusiva y a una vida sana a todos los habitantes del planeta, entre otros objetivos que -aunque de abordaje muy complejo- piden a gritos ser alcanzados en un mundo que disminuye lentamente los niveles de pobreza pero aumenta rápidamente la desigualdad (ver entrada anterior sobre este tema).

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Las tierras de los pueblos originarios

Salinas Grandes, Jujuy. Foto: Marisa Estivill / Shutterstock.com

En 1985, siendo Diputado Nacional, voté la primera ley de protección a las comunidades indígenas que tuvo la Argentina.

Tres décadas más tarde me toca estar del otro lado del mostrador, evaluando la gestión del Instituto Nacional de Asuntos Indígenas, el organismo que la ley previó para materializar sus objetivos.

El informe aprobado en el Colegio de Auditores la semana pasada (descargar aquí) trata sobre la gestión del INAI con respecto al Convenio 169 de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) sobre Pueblos Indígenas y Tribales en Países Independientes, al cual nuestro país adhirió también en los ’80 y ratificó recién en el 2000.

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Usemos al G20

Imagen: KangZeLiu CC BY-SA 4.0 -https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=44382606

La globalización es un fenómeno que se viene cocinando desde hace más de cinco siglos. En las últimas dos décadas, los cambios en la organización productiva de las empresas  y las innovaciones tecnológicas le imprimieron un impulso determinante.

El resultado es mixto: por un lado, se redujo la pobreza pero, al mismo tiempo, se amplio la desigualdad entre las regiones y hacia el interior de los países.

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El millonario del pueblo

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Foto: Gage Skidmore

En su discurso anual frente al Congreso en 2012, el Presidente Obama dijo “Debemos de dejar de subsidiar a los millonarios“, frase que cité en su momento en esta entrada sobre la creciente desigualdad en Estados Unidos; datos de la Oficina de Presupuesto del Congreso de ese país (CBO) mostraban que mientras el 1% más rico de la población había visto sus ingresos crecer un 275% entre 1979 y 2007, el 20% más pobre había tenido un aumento de 18% en el mismo período de 28 años.

A la luz del triunfo de Donald Trump -un millonario, no sólo por posesiones sino también por posicionamiento-, la frase del saliente presidente demócrata se resignifica.

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El Lugar de Cada Uno en la Distribución de la Riqueza

Uno de los rasgos distintivos de esta etapa de la globalización, caracterizada por la preeminencia de la dimensión financiera, es la desigualdad. Esta se expresa de manera  dramática, pero no solamente, en los ingresos y se verifica su incremento tanto entre países como al interior de las fronteras de cada país.

El tema es de importancia sustantiva porque la desigualdad, como la corrupción, corroe desde adentro la democracia y es motivo de estudio y reflexión crítica.   En su último libro, el recientemente fallecido académico británico Tony Judt recuerda que, en 1968, el diferencial de ingresos entre el principal ejecutivo de General Motors y un trabajador promedio de la empresa automotriz era de 69 veces, mientras que a finales de la década pasada  esa relación trepó a 900 veces.

En los EEUU,  donde  los ingresos del 1% de la población más rica representan más del 21% de todo el  Ingreso Nacional, la situación llevó a que el Congreso realizara un trabajo donde se estudió el tema.

En nuestro país, no solo el Congreso adolece de recursos institucionales para abordar estudios con seriedad técnica y una perspectiva  independiente, sino que las estadísticas oficiales perdieron toda credibilidad desde que la manipulación sistemática de los índices de inflación pasó a ser una política pública.

Es por eso que adquiere relevancia el esfuerzo del  CEDLAS -Centro de Estudios Distributivos, Laborales y Sociales- de la Universidad de La Plata que, con reconocimiento internacional, estudia los temas de desigualdad en nuestro país.

Adicionalmente, en su sitio,  el CEDLAS tiene un dispositivo por el cual cada ciudadano  puede, a partir de  sus ingresos, saber en qué posición está situado en la  escala de distribución de la riqueza. 

Estoy seguro que más de uno se llevará una sorpresa.