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El tema de los Derechos Humanos tuvo, en más de una oportunidad, tratamiento en esta página. El mismo está justificado por demás en un país donde el terrorismo de estado y la política armada diezmaron una generación. Por citar solo algunos, nos ocupamos del Informe de la CONADEP que fue antecedente en otras naciones para investigar de manera independiente la violación sistemática de los derechos humanos y del propio Juicio a los Comandantes, momento histórico y sublime de la democracia inaugurada en 1983.
También escribimos sobre la sorprendente conversión de N Kirchner al preocuparse por el tema, ya iniciado su Gobierno, cuando nunca antes había mostrado el mínimo interés en el tema.
En estos días, cuando se conocieron las sentencias en la causa ESMA, no faltaron los que desde la prensa oficialista hablaran de un episodio inédito de nuestra historia. En efecto, el Vicepresidente electo Amado Boudou afirmó que “los juicios a los represores de la última dictadura no hubieran sido posibles sin Kirchner….porque las sentencias son producto de la voluntad política de Néstor y Cristina Kirchner”.
Con tenor parecido se pronunció Hebe de Bonafini quien señaló que “el Gobierno de Néstor Kirchner nos hizo tener esperanza en un Juicio”.
A estas alturas es bueno recordar que para la época del Juicio a los Comandantes, Amado Boudou actuaba en una fuerza política cuyo líder, Alvaro Alsogaray, sostenía que “los desaparecidos eran todos caídos en combate” y que Hebe de Bonafini, por su parte, al conocerse la sentencia, declaró que “esto es terrible y trágico, y constituye un fraude al pueblo”.
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Un indicador relevante de la falta de confianza en la evolución del desempeño económico de la Argentina es la fuga de divisas que, en los últimos años, ha superado los cuantiosos volúmenes de la inversión directa recibida por Brasil, el mayor receptor de toda América Latina.
En el mundo empresario, la situación es comprensible por la la ausencia de “ un clima de negocios favorable”.
Desde una mirada más amplia, la fuga de divisas se explica, entre otras cosas, por el desequilibrio entre los poderes republicanos; por la discrecionalidad que se impone frente a las normas y por la falta de reglas de juego estables y previsibles. En suma, por la debilidad institucional de la Argentina que, por otro lado, permite entender los modestos resultados sociales a pesar de la excepcional situación internacional.
El oficialismo justifica el manoseo institucional en la batalla diaria que está obligado a librar. Esa “épica oficialista” propicia, a su vez, la consolidación de la conducta anómica de los ciudadanos y el crecimiento de la crispación social.
Por eso me llamó tanto la atención saber que, para los chinos, la armonía es condición para la estabilidad política y el crecimiento económico. En efecto, en el año 2006 una Resolución del Sexto Plenario del decimosexto Comité Central del Partido Comunista Chino afirmó que “ la armonía social es la naturaleza intrínseca del socialismo chino y es una garantía importante para la prosperidad del país, el rejuvenecimiento de la nación y la felicidad del pueblo”.
Si esa convicción es sostenida por un régimen político de partido único, cuánto más relevante es esa noción para una sociedad que se pretende plural, diversa, abierta y democrática.
Aprecio mucho la obra de José Pablo Feinmann y lo leo desde antes que sus textos se publiciten en las carteleras de la ciudad. Me impacta la diversidad de su trabajo: guionista y periodista, ensayista y docente universitario. De su producción literaria recuerdo haber leído Ni el Tiro del Final, La Astucia de la Razón y El Mandato.
Aunque no frecuenté sus textos sobre filosofía, sí recorrí sus ensayos políticos como Peronismo, Filosofía de una Persistencia Argentina. En este trabajo, dedicado a reivindicar el peronismo, las ácidas críticas al propio Perón vienen acompañadas de algunas consideraciones muy osadas, como cuando califica de “tristemente patético” el Discurso de Parque Norte del Presidente Alfonsín en Diciembre de 1985, o llega a la arbitrariedad de imputar a la Juventud Radical de “complicidad” en arrojar, en las décadas de los sesenta y setenta, a la juventud a la violencia política . .
En El Flaco, Diálogos Irreverentes con Néstor Kirchner, su última entrega, Feinmann lo califica como el “Presidente más brillante, más lúcido, más veloz y de mejor formación política que tuvo este país” y a su señora como “una mujer de excepcional formación política, inteligente y, para colmo y desdicha de muchos miserables que quisieran verla tan horrible como una bruja “montonera”, es bonita y femenina”.
Está bien, es un juicio y es su opinión que merece todo el respeto pero, punto y seguido, afirma que existe “frente a ella, una galería de tontos y de impresentables” . Es posible que yo mismo, y tantos otros, reunamos – a su parecer- uno o ambos atributos. Lo que resulta inaceptable, y también imperdonable, es que remate la oración con una sentencia: “Todos fascistas”. Eso sí que no Feinmann. Eso no!!!.
En ese texto, tal vez inadvertidamente, Feinmann revela algo que todos sabíamos pero que nunca fue reconocido: el desinterés histórico de Kirchner por la causa de los derechos humanos. Es sabido que Kirchner nunca firmó, en su condición de abogado, un habeas corpus, ni formó parte de ningún organismo. Tampoco se conocen declaraciones suyas referidas al Informe de la CONADEP y los Juicios a los Comandantes y, menos aún, críticas a los indultos de Menem.
Entonces, cual es el origen de su repentina motivación?. La respuesta está en uno de sus “diálogos irreverentes” con Kirchner que trae el libro, precisamente en el Capítulo VI, titulado Cuestiones Teóricas: el Poder, ¿una construcción de la política?. Allí, luego de una reflexión del autor sobre el tema del poder que podría resumirse, en clave gramsciana, si éste se conquista o se construye, Kirchner le dice: “nuestro punto de partida tiene que ser los derechos humanos. ¡Ni hablamos de los derechos humanos!”.
Así, el libro de Feinmann nos permite saber que Kirchner descubríó por especulaciones de poder y cálculo de correlaciones de fuerza , y no por convicciones o imperativos éticos, la importancia de la vigencia de los derechos humanos en una sociedad democrática en una imprecisada noche, seguramente fría, de Julio o Agosto del año 2003.