Reflexiones a partir del reconocimiento realizado en el Comité Nacional de la Unión Cívica Radical a la representación parlamentaria de 1983, en el Día del Militante Radical.
Hace unos días, en el Comité Nacional de la Unión Cívica Radical, las autoridades partidarias decidieron dar un reconocimiento a quienes integramos el bloque de diputados radicales de 1983, aquella generación que protagonizó el regreso de la democracia. Quiero agradecer esa distinción y, sobre todo, la escucha atenta de quienes participaron del acto en el marco del Día del Militante Radical.
Hace tiempo resuena en la conversación pública una chicana política que suele repetirse: que los radicales deberíamos pensar en el verdadero liberal que nos fundó, en Alem. Y yo respondo que sí, que pienso en Leandro N. Alem. Y en especial en una de sus frases: “No hay buenas finanzas públicas si no hay buena política.”
Esa cita condensa una idea central de la tradición liberal republicana: los resultados económicos y sociales de un país están profundamente vinculados con la calidad de su sistema político y de sus instituciones.
Desde esta perspectiva, el problema central de la Argentina no puede comprenderse sin observar la progresiva desnaturalización del funcionamiento institucional. Durante décadas, distintos experimentos populistas, facilismos y distorsiones del sistema político han erosionado reglas, debilitado controles y afectado el funcionamiento pleno de la democracia.
Para ilustrar la relación entre instituciones y progreso basta mirar algunos ejemplos cercanos. En los últimos años, Uruguay pudo reducir 17 puntos porcentuales de la pobreza y Chile logró reducirla en 30 puntos porcentuales. En contraste, la Argentina enfrenta un fenómeno persistente que interpela a todo el sistema político: la economía no crece desde hace más de una década.
Este diagnóstico apunta directamente al funcionamiento del sistema político: el hiperpresidencialismo, la fragmentación política extrema, la polarización tóxica y el debilitamiento de los partidos políticos.
Los votos no le dan toda la razón a los que gobiernan. La legitimidad electoral es la base del sistema democrático pero no agota su sentido. La democracia requiere además división de poderes, equilibrio institucional, rendición de cuentas y garantía de derechos para todos, especialmente para las minorías.
Y son los partidos políticos, como instituciones de la democracia, los que deben velar por ese funcionamiento pleno del sistema.
Por eso creo que el desafío que tenemos por delante en la Unión Cívica Radical es fortalecer una organización política abierta, capaz de debatir ideas y de reconectarse con la sociedad. Debemos ser capaces de fortalecer al partido, de abrirlo a la sociedad, de escuchar.
Y de reconocer también que hay tradiciones que no queremos perder.
La nostalgia no puede ser nunca una estrategia pero recordar puede ser una guía para los desafíos del presente. Recordar que aquel partido que protagonizó el momento fundacional de la democracia en 1983 lo hizo con convicciones claras: respeto por la ley, defensa de las instituciones, diálogo político plural y vocación de representar a la sociedad.
Volver sobre esas virtudes no es mirar hacia atrás con nostalgia, sino recuperar los fundamentos que hicieron posible la construcción democrática en la Argentina y que todavía nos pueden marcar una hoja de ruta hacia el futuro.
