Usemos al G20

Imagen: KangZeLiu CC BY-SA 4.0 -https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=44382606

La globalización es un fenómeno que se viene cocinando desde hace más de cinco siglos. En las últimas dos décadas, los cambios en la organización productiva de las empresas  y las innovaciones tecnológicas le imprimieron un impulso determinante.

El resultado es mixto: por un lado, se redujo la pobreza pero, al mismo tiempo, se amplio la desigualdad entre las regiones y hacia el interior de los países.

La buena: en los últimos 35 años, miles de millones de personas en el mundo dejaron de ser indigentes. La mala: la brecha entre los más pobres y los más ricos es mayor que nunca.

Entre 1980 y 2015, miles de millones de personas alrededor del mundo salieron de la pobreza extrema; mientras que 35 años atrás el 40% de la población vivía con apenas 1 dólar diario, el año pasado esa cifra se había reducido a 12%. Para dimensionar el impacto de esta estadística: sólo en China, 400 millones de personas dejaron atrás la extrema pobreza, así definida.

Sin embargo, en el mismo período aumentó la desigualdad. Las cifras difundidas por Oxfam antes del Foro Económico Mundial de Davos en 2015 fueron contundentes: 62 individuos poseían la misma riqueza que el 50% de la población mundial. La cifra presentaba una caída dramática con respecto a 2010 cuando eran 388 multimillonarios los que poseían igual riqueza que la mitad de la humanidad. Antes cabían en un avión, ahora en un micro, pronto en una combi, ironiza Oxfam.

Hace unas semanas, el Credit Suisse Research Institute publicó su informe 2016 sobre riqueza global. Confirmado: la desigualdad -medida en términos de la riqueza en manos de los adultos más ricos del planeta versus el resto de la población adulta mundial-, continua su tendencia en alza. Así:

  • El 50% de la población posee menos de 1% de la riqueza global.
  • El 10% de la población posee 89% de la riqueza global.

La desigualdad también existe hacia el interior de cada país, como ejemplificó Barack Obama en su artículo “El camino hacia adelante” publicado a fin de año en The Economist: en 1979, el 1% más rico de la población se llevó el 7% de la renta nacional. Para el año 2007 la reducida élite de multimillonarios había ampliado su participación a 17%. El Presidente saliente también llamó la atención sobre lo que sucede dentro de las empresas donde los CEO, que en los ’80 ganaban 20 o 30 veces más que un trabajador promedio, actualmente reciben sueldos 250 veces más altos que aquellos en los eslabones inferiores de la pirámide organizacional.

Esta creciente desigualdad trasciende lo económico para entramarse en el tejido social, donde afecta negativamente las interacciones y fomenta comportamientos egoístas; la desesperanza genera apatía y desconfianza en las instituciones y los partidos políticos. Se generan, así, las condiciones para la fragmentación y la aparición de liderazgo providenciales.

La creciente brecha entre ricos y pobres no es sólo un fenómeno económico y social, sino que condiciona negativamente la acción política.

A este panorama debemos agregar un ingrediente explosivo. Se ha consolidado la ausencia de reglas en los mercados financieros:  a la falta de normas se agrega la ausencia de una autoridad supranacional que oriente las acciones privadas. Esto ha conferido a bancos, inversores y empresas del sector financiero un papel decisivo en el devenir de los asuntos globales.

La UCR recibió a la canciller Susana Malcorra y al Ministro de Hacienda y Finanzas, Alfonso Prat-Gay antes del encuentro del G20 en China.

Por todo esto la globalización debe ser gobernada. En este momento, la mejor herramienta disponible para evitar que sus efectos negativos se vuelvan dramáticos, es el G20. A pesar de las críticas de los movimientos anti-globalización, la realidad es que ese foro -cuya misión explícita es la estabilidad financiera internacional- es la única instancia de coordinación para los gobiernos de las 20 economías más grandes del planeta.

La globalización debe ser gobernada. El G20 es la única instancia de coordinación para lograrlo.

La Argentina, junto a Brasil y México, es parte del G20. Antes del último foro, que tuvo lugar el septiembre pasado en China, el Radicalismo recibió en el Comité Nacional a la canciller Susana Malcorra y al Ministro de Hacienda y Finanzas, Alfonso Prat-Gay.

Las autoridades del partido presentaron a los funcionarios un documento que expone las bases de una propuesta para que la Argentina, junto a los otros miembros latinoamericanos, fije su posición en el G20. Las medidas sugeridas ponen particular énfasis en minimizar el impacto de la volatilidad de los capitales financieros sobre las economías emergentes.

La globalización es imparable, ya tomó carrera hace varios siglos. Aprovechemos al G20 como mecanismo de contención y -sobre todo- de protección para los países más vulnerables frente a los efectos nocivos de la globalización.

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