La Economía del Discurso

Desde que asumió la presidencia en 2007, Cristina Fernández de Kirchner habló seis veces frente a la Asamblea Legislativa, estableciendo los trazos gruesos de lo que se denomina el "relato" kirchnerista. En cada intervención repitió la invocación a la necesidad del acuerdo y el diálogo; la prioridad de la educación como un eje fundamental de la transformación; la referencia a los derechos humanos, a Malvinas y, últimamente, a "él".

Pero, sin dudas, es el modelo económico de matriz diversificada, de acumulación con inclusión social el concepto más desarrollado en su oratoria. En ese esquema, "el Estado debe garantizar la subsistencia de estas dos columnas que significan el superávit comercial y el superávit fiscal primario", como dijo el 1° de marzo de 2008.

El innegable crecimiento económico verificado en el período 2003-2011 se explica, más allá del discurso oficial, por un favorable contexto internacional que alcanzó a todos los países de América latina y por las consecuencias de decisiones económicas tomadas antes de la asunción del presidente Néstor Kirchner. En efecto, sólo puede entenderse la tasa de crecimiento de la economía argentina a la luz del "boom de las commodities ", producto de la plena incorporación al mercado mundial de China y otros países del sudeste asiático.

Este notorio cambio en el escenario global estuvo favorablemente acompañado por el impacto doméstico de tres orientaciones de política económica tomadas en las administraciones de los presidentes Carlos Menem, Alberto Rodríguez Saá y Eduardo Duhalde. Estas son los extraordinarios rindes agropecuarios resultado de las innovaciones productivas en el sector, particularmente en el complejo sojero; la implosión del régimen de la convertibilidad y el subsiguiente default, que abrió el camino a una exitosa renegociación de la deuda que diluyó, a pesar de sus consecuencias negativas desde otras perspectivas, la presión de los intereses y vencimientos sobre las cuentas públicas, y por último, la devaluación del tipo de cambio y la instauración de las retenciones a las exportaciones, que, no obstante su impacto negativo de corto plazo sobre el salario, el empleo y la pobreza, permitió la recuperación de la competitividad externa.

Esta combinación hizo que los resultados acumulados de la balanza comercial en el período 2003-2011 hayan alcanzado un monto de alrededor de 113.000 millones de dólares. Si el intercambio comercial se hubiera producido con los precios en vigor en 1999, en lugar de los que efectivamente se verificaron entre 2003 y 2011, el saldo de la balanza comercial, en el mismo período, hubiera sido deficitario en más de 8000 millones de dólares.

Esta inusual abundancia de dólares produjo, básicamente como resultado de las retenciones, una inédita holgura fiscal que permitió que entre los años 2003 y 2011 el gasto público primario se multiplicara más de ocho veces.

Sin embargo, el crecimiento económico histórico, el excedente comercial, la multiplicación del gasto público, la creación de puestos de trabajo y el incremento del presupuesto educativo no han evitado el aumento del contingente de jóvenes de entre 15 y 24 años que no estudian ni trabajan. Hoy son 700.000, 150.000 más que a la salida de la crisis.

En este inicio de gestión, la sociedad argentina y la reelecta Presidenta deberán afrontar desafíos ineludibles en un contexto internacional incierto y desfavorable. En primer lugar, la pobreza -uno de cada cinco argentinos es pobre-, la desigualdad y la inequidad, patentizadas en las cifras de jóvenes aludidas y, además, por los casi seis millones de personas que deben resignarse a aceptar un trabajo en la informalidad.

En segundo término, en un mundo sin inflación, al contrario de lo sucedido en los 80, y bien medidos los precios con los registros de las provincias, la Argentina es el quinto país del mundo en inflación. Esta realidad -ocultada bajo la alfombra por el Indec- adquiere relevancia si se piensa en las negociaciones paritarias de este año con un techo sugerido por debajo de la real inflación pasada.

Y tercero, la eliminación de los subsidios a sectores y regiones -que alcanzan a 4% del PBI y más del 17% del presupuesto- impactará en los bolsillos de los usuarios de los servicios públicos, pero dejará pendiente la consideración de la crisis energética que nos obliga a importaciones crecientes a precios que cuadruplican los que se les reconocen a los productores locales.

Finalmente, se suma a esto la monumental fuga de divisas que se estima, en ese mismo período 2003-2011, en más de 90.000 millones de dólares y sólo en 2011 alcanzaría, aproximadamente, los 24.000 millones.

Para afrontar estos desafíos mayúsculos ya no estarán los pilares que posibilitaron los resultados de los que el Gobierno se enorgullece. La sólida situación fiscal del pasado ya no existe más: los tres puntos del PIB de superávit fiscal primario que hubo hasta 2008 fueron dilapidados en subsidios, en energía importada y en suplir la falta de inversión privada. Más aún, si se detraen los recursos extraordinarios de las rentas de la Anses y las utilidades del Banco Central, la posición fiscal de 2011 se estima deficitaria en, aproximadamente, 13.000 millones de pesos, alrededor de 0,6% del PIB.

En el plano de las cuentas externas, 2011 es el primer año sin superávit de la cuenta corriente desde 2003, lejos de los 11.000 millones de dólares de superávit, equivalentes a 3,5% del PBI, de 2009.

Si las condiciones de posibilidad del "modelo" se han ido diluyendo, y si durante su auge no se tomaron los recaudos necesarios, resulta difícil imaginar la capacidad de maniobra de un oficialismo cada vez más hermético, abroquelado en un discurso de éxito. Es de esperar, entonces, que frente a los enormes desafíos que se avecinan y a las limitaciones que impondrán las cambiantes condiciones externas, la Presidenta honre el compromiso de su discurso inaugural del año 2007: "La sinceridad es uno de mis datos proverbiales".

© Publicado en la Edición Impresa de hoy de La Nacion

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